Cuando uno camina por la barcelonesa Ronda de Universitat y levanta la vista hacia los edificios que rodean la plaza, es difícil imaginar cómo era este lugar cuando aún quedaban restos del viejo cinturón extramuros de Barcelona. Las rondas de Sant Antoni y Sant Pere, el emergente Passeig de Gràcia, la reciente Universidad… Un escenario que empezaba a expandirse, vibrante y moderno para la Barcelona de 1900. Fue precisamente entonces, en ese cruce de ciudad que se abría al futuro, cuando Daniel Carreras i Jubert decidió levantar el negocio que marcaría la historia de su familia: Gèneres de Punt La Torre.

Tenía solo trece años cuando comenzó a trabajar con Salvador Garcia Torregrosa, en otra tienda de ropa interior, en la que aprendió el oficio desde cero, y con un respeto inmenso hacia quien consideró siempre su maestro, cuando llegó el momento de fundar su propio establecimiento, buscó un nombre que le rindiera homenaje. «Se inspiró en el segundo apellido de Salvador para llamar a su tienda La Torre», explica hoy su nieto, Artemi Carreras Bartroli, actual propietario y tercera generación del negocio. «Era su manera de agradecerle lo aprendido. Y de alguna forma, ese gesto sigue acompañándonos».
El local que ocupa desde entonces este negocio familiar, en Plaça Universitat, 4, donde confluyen el Eixample y Ciutat Vella cuenta con tres aperturas que dan vida a su fachada: dos hacia la Ronda y una hacia el chaflán de la plaza, creando un juego de perspectivas que convierte el comercio en parte natural del paisaje urbano. La estructura exterior mantiene la esencia de principios de siglo: madera aplacada con zócalo pétreo, paneles verticales, escaparates profundos y tres puertas retranqueadas que invitan a entrar con calma. Sobre ellas descansa una doble franja horizontal, un dintel clásico cuya línea superior sobresale con elegancia sobre pequeñas ménsulas de madera. Los cristales, grabados al ácido, completan una estampa que conserva intacto su aire de comercio histórico.
Mitad museo, mitad tienda
Dentro, la atmósfera es casi la de una tienda-museo viva. Las paredes, revestidas de arriba abajo y con estanterías de pino albergan prendas de todas las épocas y necesidades. La caja, de tipo taquilla, sigue en su lugar original; los dos mostradores de nogal, uno de ellos convertido hoy en despacho, continúan prestando servicio como si el tiempo hubiera decidido detenerse allí. Sillas estratégicamente colocadas para el confort del cliente y escaleras de madera permiten alcanzar los estantes más altos, en un ritual cotidiano que recuerda a los viejos comercios donde la venta era diálogo y la elección de una prenda requería tiempo, consejo y observación.

Esa forma de trabajar no ha cambiado. Tampoco la tradición familiar. Tras Daniel, tomó el relevo su hijo Artemi Carreras Jaumà, y después el actual propietario, que hoy comparte la gestión con su hija Mònica Carreras Melich, cuarta generación de una saga que ha conseguido algo excepcional: mantenerse fiel a su espíritu durante 124 años. «Cada generación ha aportado algo, pero la esencia siempre ha sido la misma: honestidad, continuidad y oficio», afirma Artemi.
Trato profesional… y exquisito
La clientela también es hereditaria. Familias enteras han pasado por estas estanterías: abuelos, hijos y nietos. Pero el público ha evolucionado, igual que la ciudad. «En los últimos años vemos más juventud», reconoce Artemi. «Les interesa el asesoramiento, valoran el trato profesional y buscan calidad. Y eso solo lo encuentran en tiendas especializadas». Aun así, el comercio sigue acogiendo una mezcla diversa: vecinos de toda la vida, clientes del centro tradicional de Barcelona, compradores fieles que, pese a las grandes cadenas, continúan regresando a La Torre porque saben que aquí las tallas no se adivinan, se conocen.
La selección de marcas da buena cuenta de ese compromiso: en corsetería, nombres como Anita o Susa; en hombre, firmas como ZD Zero Defects, Impetus o Set; en pijamas, clásicos como Guasch, Belty o Ragno; y en interior, referencias como Avet, Falke o Ragno. En La Torre nunca han ampliado la oferta hacia cosmética, perfumes u otros complementos. «No. Siempre hemos sido una tienda de ropa interior y géneros de punto. Es nuestro oficio y nuestra identidad», afirma con contundencia.
El comercio, sin embargo, no vive aislado de su tiempo. La inflación, el encarecimiento de las materias primas y el aumento generalizado de costes afectan tanto al detallista como al cliente. «Si todo sube, el precio final también. Y eso repercute en las ventas, es inevitable», reconoce Artemi. Aun así, mantiene una mirada pragmática: adaptarse, analizar, tomar decisiones informadas. Lo mismo ocurre con la evolución del sector. «El futuro depende de saber cambiar con la sociedad y mejorar la formación profesional. Un punto de venta especializado debe transmitir imagen y servicio excelentes».
Relación con las marcas; confianza mutua
La relación con las marcas, en su caso, es sólida. Décadas de trabajo en común han generado confianza mutua. «En la ropa interior tradicional, el mejor apoyo que pueden darnos es mantener la calidad y la continuidad de sus productos. Eso es lo que garantiza que nosotros podamos garantizar». En cuanto a reposiciones, entregas y logística, asegura que nunca han tenido problemas, algo que hoy resulta casi excepcional.
Lo que sí considera problemático es el avance de la venta online por parte de algunas firmas. «No es leal. Durante décadas los comerciantes dimos a conocer sus productos. Que ahora compitan directamente con su propia red de tiendas físicas no es justo», sentencia. Respecto a la competencia de las grandes superficies, su visión es abierta: “Barcelona es grande, debe haber oferta de todo tipo. Hay quien prefiere compras rápidas, de paso, o un estilo más multitudinario. Pero hay un público que busca especialización, y ahí seguimos nosotros”.
Las redes sociales, en su caso, tienen una presencia discreta, anecdótica, aunque en algunos momentos, admite, han funcionado a su favor. Y no, La Torre no tiene tienda online. Tampoco participa en Black Friday, ni en campañas masivas de descuentos. «Pero las valoramos. Mucha gente agradece esas fechas para ajustar su presupuesto». Quizá ahí radica el secreto de Gèneres de Punt La Torre: en saber convivir con la Barcelona del siglo XXI sin renunciar a lo que la hizo grande desde 1900. En conservar la madera, los cristales grabados, la taquilla y las estanterías altas, pero también la palabra pausada, el consejo experto y la continuidad de una familia que lleva más de un siglo sosteniendo la misma llave. Un establecimiento que no solo forma parte del comercio histórico de la ciudad, sino de su memoria viva. Un lugar donde los años no pesan: simplemente, se notan. Y donde, como dice Artemi, “la tradición no es mirar atrás, sino mantener lo que siempre ha funcionado”.





